Ciudad

Un cambio de color no arregla TransMilenio

Causa alarma la noticia que se ha conocido en el sentido de que la administración está pensando en cambiar el color de los tradicionales buses de TransMileio, y no solo eso, sino que se piensa en establecer un abanico de colores por el tema ambiental.

Esta medida no se puede improvisar. TransMilenio es una marca de ciudad de veinte años de existencia y el color de los buses hace parte de ella. Y no hay que perder de vista el tema de los costos que implicaría un proceso de esta magnitud pues estamos hablando de 2.127 buses que tiene el sistema troncal.

Con razón hay alarma entre los operadores. No hay que olvidar que es un sistema mixto y que las decisiones deben ser concertadas. Ya se habla de cifras de 30 millones de pesos por cambiarle el color a cada bus, lo que implicaría un gasto cercano a los 64.000 millones de pesos.

Por ahora es un proyecto, pero es fundamental que la administración piense en las prioridades de ciudad y en el déficit que soporta el sistema. ¿Es una necesidad urgente cambiarle el color a los buses, cuando acabamos de autorizar un aumento tarifario para no desfinanciar el sistema?

La respuesta parece obvia, no solo frente a las prioridades del transporte público, sino a las demás necesidades urgentes de la ciudad, como el aumento de pie de fuerza, la financiación de cupos de educación superior prometidos por la alcaldía o las inversiones que demanda la seguridad para enfrentar los problemas más apremiantes para los ciudadanos.

Como sabemos que es una idea y no una decisión tomada, llamados a la reflexión. Si queremos identificar los buses que no contaminan o los que contaminan menos de los que son chimeneas, hay maneras menos costosas, por ejemplo poner franjas de color que no atenten contra la marca, pero que sean visibles.

No hay que olvidar que lo importante no es que los buses parezcan ambientalmente limpios, sino que realmente lo sean. Qué tal si mejor se le pone una franja de color a los buses que sí contaminan, sería menos costoso y menos invasivo para la marca de una empresa que ha tomado veinte años construir.

No puede ser que queramos recuperar el orgullo en el sistema borrando de un tajo la imagen de la empresa, cuando lo que requerimos es una estrategia de cultura ciudadana de fondo, que vaya más allá de las campañas esporádicas, que ataque realmente los malos comportamientos para transformar la actitud ciudadana frente a los buses y su sistema de transporte.

El problema no está en las sábanas, es decir, en el color de los buses, sino en la conducta ciudadana y estatal. Necesitamos una transformación de fondo que no se logra con un cambio estético sino con una transformación profunda del servicio, para que los usuarios se sientan bien tratados y no maltratados por las deficiencias cotidianas.

LUCÍA BASTIDAS UBATÉ
CONCEJAL DE BOGOTÁ

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